jueves, 28 de marzo de 2013

Agua Mineral


(I)

Albino Nolasco se encontraba sentado en una de las mesas de un café al aire libre, vestido al estilo hipster. Luego entró Pineda, vestida con traje sastre. Tomó asiento frente a él.

— ¡Albino!

— Que hubo, Andrea.

Se saludaron de besito en la mejilla.

— Hubiera llegado antes, pero había demasiado tráfico —Dijo ella.

— Ni te preocupes, no tiene mucho rato que llegué.

Nolasco encendió un cigarro. En eso, entró una vendedora de flores.

— Flores, flores para los amores.

Ambos la ignoraron.

— Se ve que te ha ido bien. —Observó él.

— Pues me ha ido, como dicen las clases populares, “dos—tres”.

— A mí más bien me ha ido “tres que dos”.

— ¿Cómo? —Inquirió Pineda.

— Bueno… doy asesorías en una preparatoria abierta. “Textos filosóficos y similares”. ¿Y tú, en qué andas?

— Soy asesora en las oficinas del gobernador.

— Es bueno saber que no has perdido tus ansias de difundir la cultura. Siempre admiré eso de ti.

— En realidad, soy asesora administrativa, pero pagan bien.

— Oh.

— Pero es bueno saber que tú sí estás transmitiendo el conocimiento —Repuso Pineda. —Si te contara de otros compañeritos…

— ¿Por qué, qué pasó con los demás?

— Es que todavía no te he platicado de mi proyecto. Pienso escribir una especie de crónica.

En eso, entró un camarero, quien le sirvió a Albino un vaso de agua mineral.

— Refresco de cola, light… por favor.

El mesero asintió, silencioso. Luego se fue a la cocina.

— ¿Qué me decías de tu proyecto? — retomó Nolasco.

— Voy a escribir una historia sobre nuestros amigos de la universidad. Tú sabes, lo que ha pasado con cada uno de nosotros después de terminar la carrera. Por eso estoy re contactando a los compañeros. Y me he enterado de cada cosa… ¿te acuerdas de Monsalvo, el que sentíase poeta maldito?

— Ajá…

— Pues ahora resulta que vende enciclopedias de casa en casa.

Albino estuvo a punto de escupir por la nariz su soda.

— Bueno, a su manera, él también está haciendo algo por la cultura.

Entró la vendedora.

— Flores, flores para los muertos…

Y así como llegó, la florista se fue. Nolasco rompió el silencio.

— Cuando me hablaste por teléfono, pensé que era para reconsiderar…

— ¿Lo nuestro?

— Sí.

— Habíamos quedado en que eso “ya fue”. Además, ya estás casado, ¿no?

— ¿Cómo lo sabes?

— Aunque te quitaste el anillo, tienes esa zona marcada con más claridad que el resto del dedo. —Observó Pineda.

— Podría ser… ¡el anillo de graduación!

— Mejor cambiemos de tema…

En eso, entró de nuevo el mesero, con un refresco dietético de cola sobre la charola. Le sirvió a Andrea y luego se fue.

— Aún así… ¿quieres que regresemos? — inquirió Pineda.

— Ya he sido muy obvio. Y tus brillantes deducciones a lo Agatha Christie no ayudan.

— No era mi intención ofenderte.


(II)

Nuevamente, Albino se encontraba sentado en una de las mesas del café al aire libre de la vez anterior. Llegó Andrea.

— Perdona que nos hayamos podido ver hasta hoy. Ya sabes, el gobernador y sus giras nos traen de cabeza. —Pretextó ella.

— Me imaginaba algo por el estilo. Ya pedí tu refresco.

— ¿Ya?

— Light, de cola.

Pineda, asintiendo, sacó un cigarrillo; dio una bocanada y exhaló. A guisa de explicación, aclaró.

— En cuanto mi secretario me dijo que hablaste, te devolví la llamada. Es que ella tiene la manía de disque “priorizar” mis asuntos.

— Es que ya eres importante… dijo Nolasco.

— Yo creo que todos somos importantes. De una forma u otra. Eso es lo que quiero reflejar precisamente en mi proyecto…

— De eso quería hablarte. No quiero salir en tu novela.

En eso, entró el Camarero, con un vaso de agua mineral y otro de refresco de cola, light. La pareja enmudeció mientras el otro estaba presente. Luego se regresó al interior del café. Fue entonces cuando Albino se levantó y dijo en voz alta:

— Andrea, obsérvame detenidamente… ¡Observa con atención al fracasado en el que me he convertido! ¿Crees que esa es la imagen que yo quiero que mi hijo tenga de mí?

— Yo nunca dije que fuera a retratarte como un fracasado… ¡Al contrario, creo que eres de las pocas personas que se han preocupado por entrarle de todo corazón a la docencia y…

— ¡Esos son eufemismos, eufemismos enfermos!

— Lo que pasa es que a ti siempre te ha gustado ir en contra de la corriente. —Señaló Pineda.

— Y como tú ya estás socialmente adaptada, ¡me dejaste!

— ¡No, no, no otra vez! Creí que ya habíamos superado esa etapa.

Carlos explotó.

— Pues ya ves que no. ¡Yo no! ¿Y sabes cuál es la diferencia entre tú y yo? ¡Qué tú tomas refrescos de cola y yo agua mineral! —.

— Francamente, no comprendo.

— ¡Pero si es muy claro! Tú le haces juego al imperialismo yanqui, consumiendo sus productos…

— ¿Y el agua mineral que tú tomas? ¿No también forma parte del “imperialismo yanqui”? — Argumentó Pineda.

— Déjame decirte que la marca que yo pido es producida por una cooperativa del país. ¡Yo sí soy fiel a los ideales!

— Albino, no me juzgues así… a lo mejor sí estoy vendida ya al sistema… ¡pero, yo hago también lo que puedo! ¿Por qué crees que quiero, necesito, escribir mi novela? ¡Yo también tengo las mismas inquietudes que tú! En el fondo, seguimos profesando los mismos ideales, ¡pero cada quién lo hace a su manera!

— Tal vez en el fondo, lo único que me pasa es que te tengo envidia. Discúlpame.

Hubo unos instantes de incómodo silencio. Andrea rompió el silencio.

— ¿De verdad no quieres salir en mi crónica?

— No lo sé, voy a cumplir cuarenta años y no paso de perico—perro.

El abatimiento que invadía el ánimo de Nolasco era demasiado notorio.

— ¿Quieres que vayamos a otro lado? ¿A mi casa? — Dijo Pineda.

— ¿Y qué tal si mientras charlamos bebemos algo? ¿Y si ese “algo” nos emborracha? ¿Y si terminamos en la cama? ¿Y si nos terminamos haciendo amantes? ¿No tienes miedo de lo que pase?

En eso, apareció de nuevo la vendedora de flores, quien sutilmente les dejó una nota:

“Lo que tenga que pasar pasará… y por si no lo sabían, por cada producto que consumen en esta cafetería, un niño muere en las fábricas de trabajo esclavo en China… pues el dueño de este negocio trafica muñecos de peluche; el local es sólo una fachada”.

Albino y Andrea sólo se quedaron, mirándose mutuamente, pensativos.


jueves, 21 de febrero de 2013

San Sebas presenta...


INT. SEPAROS DELEGACIÓN. NOCHE.

Genaro tirado en el piso, reza en voz baja.

GENARO: Virgencita Santa… échame una mano. He cometido algunos errores, pero tú sabes que no soy malo. Yo nunca le habría hecho nada a Tavito.

Genaro se queda dormido. Una luz celestial lo ilumina de repente; entonces despierta, mira entre asombrado y temeroso a la aparición que flota frente a él. Se trata de San Sebastián.

Es un ser bello, no con exceso de músculos, pero sí de cuerpo varonil y definido. Con flechas clavadas en el cuerpo.

GENARO: ¿Quién eres?

SAN SEBASTIÁN: ¿Acaso no me reconoces, muchacho?

GENARO: Mmm...no.

SAN SEBASTIÁN: Muy mal. Me has tenido cerca de ti todo el tiempo y jamás te diste cuenta de mi presencia.

GENARO: ¿Todo el tiempo? (RECUERDA) ¡Eres el del cuadro ese en la casa de Nabor, ¿verdad?

SAN SEBASTIÁN: (AMABLE) Vaya, hasta que te diste cuenta.

GENARO: (EXTRAÑADO) Pero… yo le estaba rezando a la Virgencita… ¿por qué te me apareciste tú?

SAN SEBASTIÁN: Porque Lupita anda muy ocupada echándole una manita a San Juan Diego para que ya le salgan algunos milagros…

GENARO: Ah, que chido.

SAN SEBASTIÁN: Además, a mí me toca (CELESTIAÑ) “la protección de los gays”, porque allá arriba el Boss sabe que ustedes me necesitan. ¡Soy San Sebastián, el martir!

GENARO: (INCRÉDULO) Eres el santo patrón de los… ¿putos?

SAN SEBASTIÁN: Por Dios, muchacho… ¡no digas malas palabras, y menos con palabras que injurien al gremio! ¡Todos somos iguales ante los ojos del señor! (TR.) Aunque bueno, creo que sólo los de la Iglesia Metropolitana yanqui son los que nos toman en cuenta como ovejas del rebaño.

GENARO: Pero… ¿a poco tú me vas a ayudar a salir de ésta? Por lo que estoy viendo, ni siquiera te has podido sacar las flechas que traes ahí clavadas.

SAN SEBASTIÁN: Las traigo a propósito, Genaro… no seas pendejo; con razón estás metido en este embrollo. (SEÑALA LAS FLECHAS) Estas flechas son parte de mi look, para que no me confundan con otros santos varones.

GENARO: (DESANIMADO) Estoy perdido…

SAN SEBASTIÁN: ¿Por qué te atreves a poner en duda mis facultades de salvación?

GENARO: ¿Tú me vas a sacar de aquí?

SAN SEBASTIÁN: Haré algo mejor que eso… fíjate; sólo tengo que decir “bibidibabidibu”

Genaro sólo mira a San Sebastián con recelo.

SAN SEBASTIÁN: Estaba bromeando… A veces me gusta bromear

A Genaro no le hace gracia.

SAN SEBASTIÁN: Ya esta bien. Tú observa.

San Sebastián hace un ademán y las rejas del separo se abren mágicamente.

GENARO: No manches, ¡se van a salir todos!

SAN SEBASTIÁN: No, porque tú eres el único despierto… ¡todos los demás duermen el sueño de los justos!

Genaro mira a su alrededor, efectivamente; tanto los demás detenidos como los policías están profundamente dormidos.

GENARO: Órale, eso sí es ser chingón.

SAN SEBASTIÁN: (DÁNDOLE LA MANO) Acompáñame.

GENARO: ¿Y, a dónde vamos?

SAN SEBASTIÁN: (IMPACIENTE) Yo creo que lo importante es que primero salgas de aquí, ¿no?

GENARO: Claro.

SAN SEBASTIÁN: (CELESTIAL) Haremos un recuento de tu vida…

GENARO: (SIN GANAS) ¡No! ¿Para qué?

SAN SEBASTIÁN: Dame la mano y cierra el pico.

Genaro toma de la mano a San Sebastián.

GENARO: Estás muy frío…

SAN SEBASTIÁN: Soy un ser celestial, Genaro… no un simple mortal.

FADE OUT A BLANCOS.

125. EXT. CANCHA DE FUTBOL. DIA X.

Escena en blanco y negro.

Un grupo de niños de doce años está pateando a Genaro de diez años.

Genaro y san Sebastián lo observan desde lo alto.

NIÑO GANDALLA 1: ¿Con que te gusta mear sentado como las viejas, verdad? ¡Toma, pinche puto!

A Genaro adulto no le hace mucha gracia lo que ve.

GENARO: ¿Podríamos saltarnos esta parte?

SAN SEBASTIÁN: Si así lo deseas…

FADE OUT A BLANCOS.

FADE IN A…

126. EXT. CIELO DE LA CIUDAD DE MÉXICO. NOCHE 11.     ESCENA 139.

Genaro y San Sebastián volando por los aires. Pueden verse los distintos edificios simbólicos de la ciudad de México. Pasan por en medio de algunos puentes.

Pasan por adentro de algún túnel del periférico.

Vuelan en sentido vertical, en vuelo rasante, a todo lo largo de la torre latinoamericana.

GENARO: ¡Wau! Siempre quise ver la ciudad así, desde lo alto, como si estuviera en un helicóptero.

SAN SEBASTIÁN: (UFANO) Perdóname pero esto es mucho mejor que cualquier otro medio de transporte.

Genaro y San Sebastián realizando algunas piruetas en el aire, pasan cerca del ángel de la independencia; y siguen recto hasta llegar al lado de la diana cazadora;

Ahí se encuentra el velo de novia que se le cayera a Genaro en su huida de la policía.

GENARO: Mira lo que puedo hacer.

Genaro pasa cerca de la diana cazadora y toma el velo.

GENARO: ¿Oye, pero ahora que lo pienso, no colgué los tenis… verdad?

SAN SEBASTIÁN: No, para nada. Te encuentras en un estado de conciencia muy profundo.

GENARO: Ah, vaya… estaba empezando a preocuparme; y, pues, aunque todo esto está muy chido, necesito que me saques de algunas dudas.

SAN SEBASTIÁN: Tú dirás…

GENARO: Pues, para empezar, ¿qué va a pasar ahora conmigo? Digo, aunque ya no esté en el tambo… pues ahora tengo que ver cómo salgo adelante… ¿o me vas a conseguir chamba o algo así? ¿o de plano me vas a dar una nueva identidad para que no me reconozcan?

SAN SEBASTIÁN: Ay, Genaro… con razón me mandaron a echarte una mano; primero que nada, tienes que aprender a no ser tan “ingenuo”. Como tú dirías, te vas con la finta, y pues no mi’jo… tienes que ponerte abusado, y abrir bien los ojos…

GENARO: No, pues sí… desde ahora voy a ser una persona nueva; y ya no voy a cometer los mismos errores de antes.

SAN SEBASTIÁN: Eso me parece muy bien, muchacho… si la vida te da una nueva oportunidad de seguir adelante, no la desaproveches… (TR.) Y antes de que otra cosa suceda, tienes que prometerme una cosa.

GENARO: ¿Qué?

SAN SEBASTIÁN: Dime que no te vas a enojar por lo que te voy a confesar.

GENARO: Okey, no me voy a enojar.

SAN SEBASTIÁN: Pues… es que lamento informarte que esto no es más que una fantasía, generada a partir de tu inconsciente, para paliar el estado de extrema angustia por el que estás pasando en este momento. Ah, y también son los efectos residuales de la tacha que te tomaste…

GENARO: ¿Qué? ¡No mames, San Sebastián! ¿Cómo que todo esto es puro pinche alucine?

Algo empieza a fallar en el “mecanismo” de vuelo de Genaro.

SAN SEBASTIÁN: Como lo oyes… pero recuerda una cosa, los milagros sí ocurren, y más seguido de lo que te imaginas.

GENARO: Pero entonces, ¿yo sigo en…?

SAN SEBASTIÁN: Así es, lo siento mucho. Pero tú no pierdas la fe; aunque no me veas, ahí estaré presente. Y que la fuerza te acompañe, Genaro. La vas a necesitar…

Genaro comienza a caer vertiginosamente.

127. INT. SEPAROS DELEGACIÓN. NOCHE 11.           ESCENA 140.

Genaro despierta, como si acabara de estrellarse en el piso. Todo sigue exactamente igual, la celda, los policías, los detenidos de la celda vecina.

GENARO: Ya me cargó la chingada...

Sobre Genaro, desesperanzado. Luego se da cuenta que tiene en la mano el velo de novia.

Genaro canta, al tiempo que baila.

GENARO: ¡El velo! Tengo que mantener la esperanza, ser positivo… sí, sí… los milagros ocurren; al final todo va a terminar bien. (UN POCO COMO “ANITA LA HUERFANITA”, PERO CON DESESPERANZA) “Seguro que hay sol, mañana, vas a ver que pase lo que pase, sale el sol. Mañana, mañana, te espero, te falta un día para llegar. (SE DESHACE EN LLANTO) Seguro que hay sol, mañana, vas a ver que pase lo que pase, sale el sol. Mañana, mañana, te espero, te falta un día para llegar”.

Genaro se sienta en el suelo, encogido. Llorando, aprieta con fuerza el velo de novia contra el pecho.




 (continuará...)

viernes, 7 de diciembre de 2012

Hannibal (O de la Bestia y la Bella, desde el otro lado del espejo)


Finalmente, terminé de digerir mentalmente “Hannibal” la novela de Thomas Harris.

Como suele sucederme, realicé el proceso a la inversa: primero vi la película (Ridley Scott, 2001) en el cine, un año más tarde el DVD con los comentarios del director, y por último me remití a la fuente literaria original, (2ª edición, 1999; publicada por Random House Mondadori).


Desde el lanzamiento y promoción de la película, me enteré de que había controversia, pues la actriz (Jodie Foster) quien representó a la heroína de la novela (“Clarice Starling”) en la versión cinematográfica de El silencio de los Inocentes, había declinado reencarnar al personaje, pues Foster argumentó que el final de la saga “traicionaba la esencia del personaje”.

Y fue eso precisamente, el investigar las diferencias entre la novela original y su adaptación para la pantalla grande, lo que me motivó a examinar el texto de T. Harris. Ahora, que he dado vuelta a la página final, entiendo la “indignación” de Jodie ante el macabro e inesperado destino que le espera a la “Agente Starling” a manos del aterradoramente educado “Dr. Lecter”.

Aunque “Hannibal” se puede considerar una secuela de “El Silencio de los Corderos”, el tono de “Hannibal”, es más gótico y perverso que su predecesora (más en el tono de thriller psicológico). Ahora, nos enfrentamos a seres verdaderamente perversos y ruines. Y a una detective que poco a poco, pasa de ser heroína a damisela en desgracia, salvada por el propio monstruo que intentaba atrapar, de las garras de un siniestro personaje que de tan malvado, raya en la caricatura rocambolesca.


Ah, y para la cereza del pastel: aparece un escritor-narrador que se atreve a hablarnos a nosotros, los lectores, invitándonos a conocer el mundo de Hannibal Lecter, rompiendo la cuarta pared de la imaginación. Pocos escritores logran hacerlo con maestría. Y más cuando el libro cierra con esa vocecita de Narrador de Disneylandia Gótica: “Podemos estar contentos de seguir vivos después todo lo que hemos visto.”

Tal vez dicho recurso de “rompimiento del discurso narrativo” fue empleado a propósito, dado el controversial final al que nos vemos arrastrados, al aceptar esta especie de danza con el demonio (implícita en cada relato de horror). Vamos de un mundo “normal, racional” hasta quedar inmersos en la vorágine devoradora de los horrores del inconsciente de los dos personajes que sobreviven a una orgía de evisceramientos, instrumentos de tortura y sesos cocinados.

Nuevamente, llama la atención el interés del autor por plagar esta entrega, de personajes con distintas parafilias sexuales, desde las aceptadas socialmente hasta las que provocan náuseas a los seres humanos decentes y de buena conciencia. 


Interesante que en el mundo actual, tan “open mind” un autor logre hacernos reaccionar emocionalmente ante una de las desviaciones sexuales más indignantes: la pedofilia. Con esa obsesión en mente, es que Mr. Harris crea a un personaje más malvado y más cruel que Lecter: “Mason Verger”, quien bebe martinis preparados con las lágrimas de los niños a los que maltrata sicológicamente. Un ser que se alimenta, literalmente, del llanto de los demás. Como de cuento de los hermanos Grimm, pero en la época post-moderna.


Por otro lado, Es de todos conocido que Mr. Harris tiene una segunda obsesión, la cual seguramente ayudó en la elaboración del personaje del Dr. Lecter: la gastronomía. Demasiada alta cocina para mi gusto, pero es un libro “aspiracional” en ese sentido. “Cocinando con el Dr. Lecter” podría ser un spin off para los insípidos programas matutinos de la TV del fin de semana. Y por cierto, consultando la Internet Movie Data Base, me acabo de enterar que ya está en postproducción la serie de TV.

Cuenta la leyenda, que el final cinematográfico fue discutido a puerta cerrada en la habitación de un hotel con la participación del director (Scott), el escritor (Harris) y los dos actores (Mrs. Juliane Moore Y  Sir Anthony Hopkins). Se grabaron tres finales y los estudios se sometieron los resultados de los “screenings” para dictaminar el final más vendible. Obvio, en la versión autorizada es donde… bueno, no se las cuento para no arruinar la sorpresa. Digo, si es que alguien, todavía no sabe en qué termina el filme.

Lo único que yo le hubiera añadido tanto a la novela como a su adaptación cinematográfica es (lo siento, soy muy melodramático) es que Hannibal Lecter se contagia del Síndrome de la Vaca Loca, por andarse comiendo los sesos de cierto burócrata del FBI que le hacía la vida imposible a Clarice.

P.D. No es bueno identificarse siempre con la protagonista femenina de una novela, y menos si nos adentramos en el género gótico. 

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Same Gender Love in the Middle East, versus West.


Khalil & Manjun (a memoir)
by Rahal Eks

This is a true story about a man from Egypt, a Muslim that... Hey, wait! This book is not about neither terrorism nor secret double agents adventures: this is a tale of looking for love, losing it and recovering from it, picking up the remains of the soul after the ground shaking revelation of a secret; and if you have wondered if there are gay Muslims out there... Yes, they do exist, despite fake marriages and homophobia in the Middle East.



Our narrator walks on the path of the Sufi tradition, and has already fallen in love with another man. At first sight this story could be labeled as the "Romeo and Juliette - Arab gay version" but it goes further, because it shows to us a new and fresh point of view about relationships, since our hero repairs his broken heart through spiritual healing.

If you are tired of reading novels about arabesque cliches plotting taking over the world, this book is for you. "Khalil & Majnun" will show you a landscape about the very different approach towards love and friendship in the Middle East, versus West.

This is the journey of a soul that has chosen the mystical Sufi path to know itself; and you don't need to be Muslim to understand the beauty of being in love and the pain of suffering it; besides, this memory has the flavor of a dream coming from the Middle East.

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Hussein & The Nomad
by Rahal Eks




The handling of the issues of heart and mind

In "Hussein & the Nomad" we have an inside view of the colloquial and daily routine of an Egyptian Muslim man; a gay Arab whose live has nothing to do with mad jihadists, but with colorful and spiritual people. The author paints an interesting landscape of hetero and homosexual Middle East dating and mating folklore; in this journey, the reader will discover that same gender love has been present since ancient times in the Arab world, but in a more subtle, non blatantly way, as in the Western side.

Our narrator takes us on a "tour de force" as he works in the movie business, where big or low budget films converge, looking for the "Moroccan type" of actors and locations for historical movies (usually told from the Western perspective point of view). Besides, we have a glimpse in the intimacy world of Mr. R, who in full and fun disclosure shares with us his love adventures, flings, "quickies" and affairs, all of this interleaved with his spiritual initiation on the Sufi path.

This is the kind of book that reads with delight as we are introduced in a world that could be exotic to many people, but there is a point when the reader will ask himself that maybe we, the westerners, are "the others". Mr. R. does a statement in a very clever way through his memoir: the handling of the issues of heart and mind is very different between Western and Middle East.

When Hussein (the second main character), appears, Mr. R believes that happiness is just around the corner... and a bad omen shows and weird things begin to happen; by then, all the meaningful relationships to Mr. R will be tested and people will show their true colors when our brave narrator finds out the truth about something about a disease that could destroy his body, soul, and those who he had loved.


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sábado, 17 de noviembre de 2012

El Silencio de los Inocentes (o del problema de escribir un thriller políticamente correcto).


Al final de la década de los ochentas, uno de mis pasatiempos era deambular en las librerías de “la tienda de los tecolotes” para sentirme (al menos, imaginariamente) al tanto de las tendencias de la moda intelectual light. Desde entonces ya tenía esa obsesión por encontrar “la fórmula” que hace de una novela, un best-seller.

En aquellos años, como no tenía tanto dinero para comprar esos libros, me conformaba con leer las frases de la contratapa y las solapas. Una de las primeras publicaciones que me encontré, fue precisamente, la novela de Thomas Harris El Silencio de los Corderos.  “Suena interesante”, pensé en aquel entonces.




Poco después, recuerdo que cuando se estrenó la adaptación cinematográfica de esta novela, como El Silencio de los Inocentes (1991, dirigida por Jonathan Demme), había espectaculares en el metro y muchos spots televisivos promocionando la novela como la película del año. Nuevamente, no pude ver su estreno en el cine porque mis recursos eran bastante limitados en aquel entonces.  Tampoco sabía que parte de la imagen del póster contenía un elemento pictórico fotográfico, creación del mismísimo Salvador Dalí.



Ya después, con la democratización de las películas en VHS, fue la primera vez que tuve acceso a esta película. Luego la pude volver a ver en DVD con los comentarios  de director, ya con otra perspectiva.

Fue apenas hasta hace poco terminé de leer la novela original. Imposible imaginar ya la narración sin la presencia de Anthony Hopkins y Jodie Foster en sus respectivos papeles. Y aunque la lectura del libro es “disfrutable” y se entiende más a fondo la psicología de los personajes, hay recursos que hacen a la película mucho más impactante.



Dos de dichos recursos cinematográficos utilizados que pocos directores se atreven a utilizar, son los personajes principales (Lecter, Clarice, y Búfalo Bill) mirando (o bailando) en dirección a la cámara (es decir, directamente al espectador), logrando un profundo impacto emocional. Digo, que un par de psicópatas te miren directamente a los ojos, interpretados magistralmente por sus respectivos actores, es algo que logra infundir temor, miedo y al final, terror. Esa sensación de que entre “los maniáticos” y nosotros solo nos separa una delgada barrera de cristal, es algo que pocas películas logran sin romper con la convención de la cuarta pared.




Sin embargo, he de confesar que el último acto de la película (y especialmente el final) me parecieron mucho más espeluznantes (y por tanto, emocionantes) que los capítulos finales de la novela. Ahí es donde se nota el oficio de un buen adaptador (Theodore Tally) aunado a la efectiva concepción escénica del director.




La anécdota que más llamó mi atención, sobre todo a la hora de estar enfrascado en la lectura de la novela, fue la insistencia literaria de Mr. Harris en “ser políticamente correcto” con la comunidad LGBTTIM al intentar dejar claro que el villano a cazar de la historia  “Búfalo Bill” no es un travesti o transexual “común y corriente”, sino un ser que ha traspasado ese límite, llevándolo a un territorio de demencia y alienación mucho más allá del simple ser una “loca desatada”. Y lo logra con mucha precisión, aunque con poca sutileza.

Mientras tanto, en México…

Desde la publicación de la novela, en 1998 hasta la actualidad, México (en un proceso de triste descomposición hacia la anomia psicosocial) ha generado sus propios asesinos seriales: “El Goyo” Cárdenas, “La Mataviejitas” ‑cuyo apodo en el ring era La Dama del Silencio(!)‑, el “MataGays” y el ya infame (literariamente hablando) “Poeta Caníbal”. ¿Algún día veremos una buena y emocionante adaptación de estos “psicópatas de la vida real”? ¿Se inspiró alguno de ellos en los personajes ficticios producto de la mente de Thomas Harris?

Casi por último, la incógnita moralígena que siempre va implícita en los mensajes de los medios masivos de comunicación (en este caso, el cine): ¿qué tipo de valores o antivalores estamos insertando de “contrabando” en nuestro inconsciente colectivo al producir, promocional y ver este tipo de historias?

Yo recuerdo, cuatro películas mexicanas sobre asesinos seriales: “Asesino en Serio” (¡obvio!), "Días de Combate", “Profundo Carmesí” y “Ensayo de un Crimen”. ¿Ustedes recuerdan alguna otra?

Ah, y no se olviden de ver la parodia italiana llamada “El Silencio de los Indecentes”. 


viernes, 2 de noviembre de 2012

Contador Geiger, 20 años después.


Aprovechando estos días “feriados”, me di a la tarea de revisar una misteriosa caja con libros, que por alguna razón estaba sin abrir, producto de alguna mudanza no muy reciente. 

Empecé a ver los algo “viejos” y apolillados libros, algunos de ellos ya medio deformados por la humedad, otros con las páginas pegadas. Mientras los hojeaba, descubría que varios pertenecían a mi época de estudios preparatorianos: ya saben, de ciencias básicas, uno que otro de humanidades, diccionarios de sinónimos y antónimos… etc.

Sin embargo, uno de ellos acaparó mi atención, pues había un separador plastificado entre las páginas de uno de ellos; es decir, hace aproximadamente 20 años, había empezado la lectura de ese libro, pero por alguna razón ya no terminé de leerlo. Es un libro titulado El Estado Nuclear, de un físico llamado Robert Jungk.




Supongo que no era “casualidad”, sino más bien “causalidad” que me topara con esta publicación justo cuando acabo de reseñar El libro Negro de las Marcas, y estoy por leer el de Fair Game (sí, en el que se basaron para adaptar al cine la película “Juego de Traiciones” o “Caza a la Espía”, con Naomi Watts y Sean Penn en los roles estelares.)


Retomar esta lectura interrumpida hace 20 años, de un libro publicado hace 3 décadas, fue literalmente, un “viaje en el tiempo”; pues este libro de R. Jungk, fue escrito en 1977, antes de la caída del muro de Berlín, la ruptura de la Unión Soviética, la boda de Lady Di y por supuesto, el (no tan) misterioso y trágico 9/11. 




Destaca la a veces, idealista y otras veces francamente marxista narración en torno a los hechos de la época, cuando las centrales nucleares (como la que da vida al Springfield de los Simpson) eran el tema y el temor en boga. Sin embargo, aparte del contexto históricos social en que fue escrito “El Estado Nuclear”, cabe destacar que hay temores que o bien ya se han cumplido (cual novela de ciencia ficción) o estamos precisamente al borde de presenciarlos.


Si alguien encuentra esta joya del periodismo de investigación, se los recomiendo. Soslayando el tiempo y forma en que fue publicado (Ed. Grijalbo, Serie Crítica). Tal vez, sin proponérselo, el autor (cuya intención era dar la voz de alarma ante una amenaza que desafortunadamente se sigue cerniendo ominosa e inexorablemente sobre la humanidad), nos lleva a momentos con golpe dramático incluido, que o conmueve por su inocencia ante el clamor de un mundo “libre del yugo atómico” o que nos llena de escalofríos al ver que sus aparentemente paranoicos temores, ya están aquí y ahora, a la vuelta de la esquina.


Simplemente, sustituyamos la palabra “Estado” por “Corporativo”, pongamos en contexto los hechos del libro… Y nos daremos cuenta que Mr. R. Jungk hace casi 40 años lanzó al mundo una advertencia que no debemos dejar de escuchar, por anacrónica e idealista que parezca.